MISCELÁNEA: EL PERFUME DE LAS FLORES DE LA NOCHE / LEILA SLIMANI - (Cabaret Voltaire – Buenos Aires)

Pese a sus 45 años, Leila Slimani (Rabat, 1981) ha labrado una obra de ponderable virtuosismo, muy disfrutada por sus miles de seguidores y celebrada por la cátedra. Es, qué duda cabe, una gran escritora, aunque también supo matizar su bagaje con especialidades en los medios de comunicación.

En el caso que nos ocupa, El perfume de las flores de la noche, título poético por antonomasia, la talentosa franco-marroquí nos desayuna con una travesía personal singular y prolífica tras ser invitada a pasar una noche en el notorio museo Punta della Dogana, diseñado por un arquitecto japonés en el enclave de una ciudad, Venecia, condenada a ser tapada por las aguas y sin embargo amada y anfitriona de una masiva afluencia turística que de forma consciente hace caso omiso al fatalismo. Como repone la misma Slimani, en treinta años la población de Venecia se ha reducido a la mitad,

En el silencio del museo recorre su infancia, la vigorosa unión con un padre que supo criarla con libertad en un país donde la libertad es insuficiente en general y más todavía si se ha nacido mujer. “Somos del sexo del miedo”, escribe Virginie Despentes en Teoría King Kong.

Entretanto se pierde en los laberintos de los pasillos, degusta algunos hallazgos del arte contemporáneo y reflexiona acerca de su propia manera de percibirse y de verse a sí misma y de ver, o examinar, el caótico transcurrir del mundo en el que vivimos. “Vivo sumida en ese constante desasosiego: miedo de los demás y atracción hacia ellos, austeridad y frivolidad, sombra y luz, humildad y ambición”.

Desde luego, vienen a su memoria escritores y artistas variopintos: “Tolstoi huyó de su célebre casa de Yásnalia, Poliana, a la que su obra entera está asociada. Partió hacia un destino desconocido y murió en el cuarto del jefe de la estación ferroviaria de la pequeña ciudad de Astápavo”.

En esa misma línea, coincide con el autor checo de La Insoportable Levedad del Ser. “Desde joven entendí lo que (Milan) Kundera denomina ´la monotonía de la vida corporal´. La tristeza de nuestras funciones fisiológicas, la fealdad de la carne al desnudo, la incapacidad a la que nos reduce la enfermedad, todo ello no ha dejado de obsesionarme y ocupa un lugar central en mi trabajo”.

Extenuada de caminatas y cavilares, la escritora que oscila entre sus primeros años en Marruecos y su posterior decisión de convertirse en una francesa más, se deja caer en un sofá, donde duerme hasta que la despierta un portero o tal vez, lo desconoce, alguien de las tareas de la limpieza.

Encuentra sus zapatos, perdidos por ahí, hasta que por fin sale a una Venecia amanecida y desolada. Trascartón cultiva dos de sus aficiones deseantes, el café y el tabaco, no sin antes dejar picando una sentencia aguda como suelen ser las de ella. Dice Slimani: “No sé si escribir me la salvado la vida, En general, desconfío de ese tipo de formulaciones. Habría sobrevivido sin ser escritora. Pero no estoy segura de que hubiera sido feliz”.

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Walter Vargas